Museo Carrillo Gil y Fundación Bancomer ¿Relaciones peligrosas o el inicio oficial de una cultura del cinismo?
Llegó a nuestra redacción este ensayo anónimo que ponemos a su disposición de forma textual.
Los 90 se caracterizaron en nuestro país por el inicio de la aplicación de las políticas neoliberales en la cultura. En pocas palabras, esto quería decir: menos recursos para las instituciones (i.e. los museos),que tenían como fin último obligar a la iniciativa privada a comenzar una suerte de apoyo. Aunque muy criticable (pues la cultura es un bien general que ensalza el acervo y la imagen de todo el país) podía considerarse que había razones de fondo para tal decisión. A fin de cuentas, buena parte de los agentes culturales estaban cooptados por elEstado, muchos de ellos convertidos de facto en artistas oficiales, y los grupúsculos dominaban las formas en que se decidía hacer uso de los
recursos. Una de las bajas más terribles de esa decisión, fue la
cancelación de la política de coleccionismo por parte de los museos
(grave pero entendible: imaginémonos en tiempos del PRI quién hacía las
compras, a qué costos, y a qué artistas… no es difícil pensar en
nuestro querido país prácticas de monopolios mercantiles culturales).
Toda esta estructura entraba en lo que Octavio Paz llamaba la operación
del ogro filantrópico, esa terrible figura estatal que ayudaba
finalmente a los agentes “libres” que a ella se atenían.
Pues bien, para bien o para mal, a inicios del siglo 21 teníamos ya dos
claras formas de operación, una institucional gubernamental, y otra de
iniciativa privada más o menos funcional. El programa más exitoso del
gobierno, el FONCA, ya estaba bien cimentado para entonces. En su favor
podemos decir que han logrado instituir incluso códigos de ética que
regulan el comportamiento de los agentes, pues en verdad en los inicios
hubo selecciones basadas más en favoritismos que en verdaderas
aportaciones artísticas. Del lado de la iniciativa privada, las cosas
eran también más o menos claras: un individuo sometía un proyecto a
consideración, y la mesa directiva de tal o cual fundación decidía la
forma y el fondo de los apoyos. En estas fundaciones no ha habido un
código de ética, pero rige un código de intereses estricto: si los
fondos se fueran a un solo grupo, la fundación perdería prestigio de
inmediato, pues se mostraría no como una servidor filantrópico y
social, sino como el garante de una élite siempre minoritaria, sería un
escándalo.
Justo cuando empezábamos a acostumbrarnos a esta forma de operar, surge
una nueva, un esperpento al que debemos tenerle toda nuestra
aberración, pues en ella se opera el peor de todos los mundos en lo que
se refiere a las operaciones culturales. Nos referimos a la reunión de
las instituciones gubernamentales con la iniciativa privada para el
otorgamiento de los apoyos. Esta iniciativa, que de principio no suena
mal, constituiría una catástrofe si prosperara. Describamos un poco su
forma. El Museo Carrillo Gil escoge a un grupo de artistas que denomina
“jóvenes promesas” (en la línea de las operaciones de las ferias de
arte reciente). Estos jóvenes seleccionados hacen una ronda de
presentación de seis minutos, 40 segundos, en un programa importado
llamado PechaKucha. Después de este pequeño circo que evoca un reality show
para artistas (pero salvemos a PechaKucha, su objetivo ha sido siempre
la difusión, no el convertirse en la plataforma de diversión y
selección de un museo, ojalá se den cuenta del mal paso que están
dando), se escoge a los artistas para que la Fundación Bancomer destine
apoyos de producción. Todo aparentemente cuadra. Excepto que no. No es
así por las implicaciones. Hay aquí ingenuidad, impericia, o el
ejercicio de un poder emergente que trata de enraizarse, de hacerse
fuerte. Las aberraciones están en los detalles. Empecemos por lo más
general: el hecho de que ahora sea de nueva cuenta el gobierno (o una
institución a su cargo) quien gestione el apoyo es una barbarie. Es
como si el museo hubiera logrado deshacerse de la Secretaría de
Hacienda para pedir recursos directos, que administra con libertad.
(Recursos que a la empresa otorgante, sabemos, le implican una
deducción de impuestos, pero hasta ahora eso ha sido la base de la
filantropía y no cabe aquí despreciarla, esto es, cuando su operación
es transparente y decente). Tenemos entonces que el Carrillo Gil escoge
y Bancomer paga. Esos recursos que destina Bancomer, evidentemete, se
restan al fondo que la institución tenía para apoyos de proyectos
culturales, que muchas veces no tenían nada que ver con las
instituciones gubernamentales. De hecho, esa independencia en los
proyectos había sido hasta ahora una fuerza de la fundación. Pero
sigamos. Decíamos que Carrillo Gil escoge, pero eso es un decir, porque
los que escogen son los encargados de esta operación (o en todo caso
ellos escogen a nuevos miembros de un supuesto jurado, del que también
formarán parte, pero que legitima toda esta invención). Es decir,
tenemos a una directora, un grupo de curadores, y una encargada de
educación que son responsables. Si la operación sale bien, estas
personas salen fortalecidas, pues se pueden erigir como “nuevos
facilitadores” que han encontrado “nuevas formas de operación”, cuando
en realidad serían sólo nuevos gestores de recursos privados que YA
ESTABAN AHÍ, PARA LA COMUNIDAD. Y es entonces cuando ya entramos a
terreno escabroso. Pensemos en la directora (Itala Schmeltz) y los
curadores (Víctor Palacios y Ruth Estévez) primero. ¿Ellos eligen?
Diablos. Estamos en un problema. No necesitamos sino ver las últimas
exhibiciones del Carrillo Gil (Annabel Livermore, por mencionar un
caso) para entender el poco ejercicio crítico y la poca habilidad de
administración que poseen. En efecto, el Carrillo Gil renovó su imagen,
pero sólo parcialmente (la página de Internet ni siquiera funciona), y
las exposiciones que ahora apoya no aportan ni una visión creativa del
arte contemporáneo, más discursivo, ni una visión más elaborada y
crítica de la colección permanente. Esto no es una broma. Si alguien lo
duda (aún cuando en efecto el juicio de gusto no es objetivo), visiten
el museo. En verdad, nunca hubiera pensado que una institución se
pudiera poner de acuerdo para que todas las generaciones y espectadores
llegaran a la noción de lo que es una verdadera pifia, una bazofia, un
descalabro como no se había visto hace mucho en una institución. (Un
tip de museología para quien lo dude: las exposiciones actuales
–Livermore y Taka Fernández— ni siquiera vienen firmadas por el
curador: o alguien no está haciendo su trabajo, y sólo están prestando
el espacio, o no se atreven a firmar con su nombre lo que de lejos
intuyen como un fallo monumental. Pero bueno, ese no es el tema de este
escrito). Pero pensemos abiertamente y otorguemos que los curadores no
necesariamente participan en el proceso que nos concierne. Tenemos
entonces a la encargada de educación, Sofía Olascoaga. Vaya, ¡qué
coincidencia! Sólo es podemos decir cuando resulta que muchos de los 36
seleccionados son parte de su generación de La Esmeralda, o de la ENAP.
Amigos, conocidos y otros allegados del reven. Esta no es una duda
fortuita. En política, criticamos que el Niño Verde haya fundado su
partido con amigos del colegio Cumbres. Notamos ahí un conflicto de
intereses y un acto de nepotismo. Pero todo lo que advertimos en política,
¿debemos escatimarlo para la cultura? Quizá no haya tanta diferencia
entre privilegiar a un colega con fondos del partido, que finalmente
vienen del gobierno, y utilizar un puesto de gobierno para dar chance a
los amigos, que obtengan una bequita de producción. Pues bien, esta
nuestra supuesta duda de la operación, aunque no deje inerme el
acercamiento entre Carrillo Gil y Bancomer para la gestión de recursos,
al menos se haría más pasable si se hicieran claros los parámetros de
selección de los candidatos. ¿Pero dónde están? La página del Carrillo
no funciona, nunca se publicó una convocatoria abierta, y tampoco la
página de Bancomer lo consigna. Ante la opacidad, sospecha. En verdad,
estamos ante una forma de administrar la cultura que nos atañe a todos.
Ya la operación deja mucho que desear, este hecho puede reglamentar las
operaciones por venir. Y hacer que los individuos y organizaciones
independientes, que no viven de sueldos de gobierno, y que generalmente
se las podían venir arreglando con los fondos públicos para la
realización de proyectos culturales de gran valía, ahora tengan que
pasar por las instituciones gubernamentales de nuevo, no sin antes
legitimando el poder de los agentes minúsculos y sin perspectiva que
muchas veces ahí trabajan. Necesitamos claridad y respuestas. Eso no
calmará nuestra preocupación, pero al menos le hará saber a los
responsables que tienen un cometido que cumplir, y que su puesto no es
para facilitarle las cosas a los colegas y los amigos afines.
En fin, pobres chicos estos de las nuevas promesas. Ojalá al menos su reality sea divertido, y no tan estresante…
Pregunta
para la función pública: ¿Cómo se llevó a cabo la selección de los 36
candidatos para obtener una beca de Fundación Bancomer, gestionada por
el Museo de Arte Carrillo Gil? ¿Cómo se elegirán los que finalmente
ganen el premio? ¿Quién gestiona este ejercicio desde el Museo Carrillo
Gil? ¿Cuáles son las relaciones de esta persona con los seleccionados,
específicamente: lugar de estudios, generación de estudios a la que
pertenece, relaciones laborales anteriores?






