Informe Mundial de Cultura parte I
J. Mohan Rao Profesor. Especialista en Economía y
Desarrollo,Universidad de Massachusetts, Amherst
En la parte I de este primer Informe Mundial sobre la Cultura, pretendemos examinar las hipótesis culturales de los modelos de desarrollo o más exactamente, las políticas económicas y sociales implantadas en todo el mundo. ¿Se podría decir que la gama de modelos de desarrollo se ha ido reduciendo con el tiempo, y que los progresos de la internacionalización y de la globalización han reducido aún más el margen de maniobra? ¿Hay espacio, hoy día, para distintos enfoques del desarrollo? Y, si es así, ¿qué papel desempeña la cultura?En esta primera parte, la cultura se entiende en su sentido amplio, como modo de vida y forma de convivencia. Abarca los valores que comparte la población, la tolerancia frente a los demás (entre razas y sexos), las orientaciones y preferencias sociales, etc. Por supuesto, la cultura se puede considerar también en sentido más estricto (como lo será en las partes siguientes de este informe), como expresión artística, literaria, etc.El etnocentrismo occidental ha servido, a menudo, como base implícita para la reflexión sobre el desarrollo. El paradigma que asimila desarrollo a modernización, y modernización a occidentalización, ha sido, durante mucho tiempo, el modelo dominante, lo que no excluye que se reconozcan otros modelos posibles de desarrollo. Una de las muchas paradojas asociadas al proceso de internacionalización y globalización es la importancia creciente que se concede en la actualidad a las particularidades locales. Diríamos que lo mundial estimula a lo local. O, dicho más exactamente, la globalización favorece las interpenetraciones culturales que conducen a permutaciones múltiples y al florecimiento de nuevas culturas "locales". El pluralismo cultural impregna cada vez más a las sociedades, y la identificación étnica viene a ser una respuesta normal y saludable frente a las presiones de la globalización. En este sentido, la impresión de una uniformidad mundial creciente puede ser engañosa, porque las poblaciones se sirven de la cultura para autodefinirse y movilizarse.¿Será posible, pues, que la globalización marcara el comienzo de una búsqueda de modelos de desarrollo basados en las diferencias locales? Decimos "locales" y no "nacionales" ya que, como la casi totalidad de las sociedades son multiculturales, sería erróneo confundir identidad cultural con identidad nacional. La libertad cultural –como se indica en Nuestra Diversidad Creativa- "nos permite ser libres para satisfacer una de nuestras necesidades más fundamentales, el derecho a definir cuáles son justamente esas necesidades". Pero una cosa es definir nuestras necesidades fundamentales, y otra encontrar los medios para satisfacerlas, mediante políticas económicas y sociales. Podríamos imaginar fácilmente una situación en la cual el conjunto de necesidades fundamentales se definiría de modos muy diferentes de una cultura a otra, pero donde el modelo, es decir, las políticas que permitirían satisfacer esas necesidades, sería sensiblemente el mismo.# Podemos resumir nuestra argumentación como sigue: * la cultura occidental siempre ha dominado la teoría y la práctica, en lo que concierne al desarrollo; * esta influencia tiende a acentuarse en los últimos veinte años, por efecto de los mercados mundiales, especialmente los financieros; * sin embargo, existen otros modelos de desarrollo, que se apoyan en contextos culturales, institucionales e históricos diferentes; * a pesar de las apariencias, estas variantes se van a multiplicar probablemente en la era de la globalización, que, paradójicamente, podría ser sinónimo de diversidad, más que de uniformidad.Japón ha ocupado siempre una posición original, en lo que respecta a la globalización, a los modelos de desarrollo y a la cultura. Esquemáticamente, se puede resumir como sigue: la globalización no implica que acabe por imponerse en todo el mundo un modelo universal o un conjunto uniforme de reglas, en conformidad con la ortodoxia económica y financiera actualmente en vigor (la cual, a partir, de Estados Unidos y Europa, se ha extendido a América Latina, Europa oriental y una parte de África). El mundo no esta llamado a convertirse en homogéneo, ni en el plano económico ni en el plano cultural. Para los japoneses, la identificación con los valores culturales locales va en paralelo con la globalización.Según la ortodoxia actual, el modelo universal sería, en el plano político, la democracia parlamentaria pluralista y, en el plano económico, la economía de mercado neoclásica. La mayoría de los economistas ortodoxos tienden a aplicar este modelo de forma unívoca a todos los países, sin tener en cuenta su contexto histórico, institucional y cultural. No obstante, siempre ha habido escépticos que reconocen la pluralidad de los sistemas económicos, de las instituciones y de las culturas, y subrayan su interdependencia. Para éstos, la uniformidad no es el concepto clave, sino más bien la diversidad y la interacción. A este respecto, Japón y otros países de Asia oriental presentan la particularidad de que han sido capaces de modernizarse e industrializarse, conservando sus tradiciones y su cultura.Muchos economistas sostienen que la liberalización se debe poner en práctica en todas partes, de forma simultánea e intensiva y tan rápidamente como sea posible. Ello equivale a sobreentender que las instituciones angloamericanas y el medio social añejo a ellas están ya implantados o pueden implantarse muy rápidamente por medio de reformadores ilustrados y con la ayuda de asesores y organismos internacionales.El haber despreciado las especificidades culturales y las evoluciones históricas necesarias ha conducido, a menudo, a la confusión y al derrumbamiento del orden existente, más que a la reforma. Otra solución consistiría en proceder a una liberalización estratégica manteniendo un control en otros, al menos al principio. ¿Cómo es posible desarrollar políticas macroeconómicas adecuadas si faltan las infraestructuras necesarias, especialmente un sistema bancario central y un conjunto estructurado de empresas, eficazmente dirigidas? Imponer un modelo uniforme a culturas y países diferentes supone un riesgo para el porvenir económico de esos países y para el de todo el planeta. Nos encontramos actualmente en una encrucijada y debemos adoptar una estrategia plural y optar por la diversidad y no por la uniformidad.Creemos que cada región debería crear su propio modelo de capitalismo y de democracia. Y así tendría que hacerlo, de todos modos, si admitimos la idea general de que el porvenir está condicionado, en gran medida, por el pasado. No vivimos en un universo intemporal y ahistórico. El mundo tiene mucho que ganar con una diversidad sistemática, más que exponiéndolo a la confusión, e incluso al desastre, que podría derivarse de la aplicación forzosa de un modelo universal. La uniformidad, en último término, es una fuente de empobrecimiento.Sin embargo, hay que guardarse de caer, a la inversa, en una forma extrema de relativismo cultural. El relativismo a ultranza puede degenerar fácilmente en un nihilismo estéril o en una anarquía peligrosa. Lo importante es abarcar la globalidad del sistema con sus diversos elementos, es decir, la globalización junto a las particularidades locales.Deberíamos aspirar, en el futuro, a un sistema mundial interconectado que una todas las regiones y todos los países del mundo respetando la diversidad de sus culturas y la especificidad de sus sistemas socio-económicos. Esto no significa, necesariamente, que debamos seguir modelos radicalmente diferentes; lo importante es no imponer el modelo uniforme que se está exigiendo actualmente a los países en vías de desarrollo y a los países en transición.Lo menos que puede decirse es que, visto el peso de la historia, los sistemas adoptados por África o América Latina presentarán, sin duda, diferencias importantes respecto al modelo angloamericano, al igual que las experiencias francesa, italiana y española difieren del modelo alemán. Un número cada vez mayor de países en desarrollo acepta la idea de que las sociedades difieren en sus procesos de desarrollo, de que cada uno posee sus propias estructuras políticas y sociales y sus propios valores culturales, que el papel del Estado y el contenido de las políticas nacionales varía según las necesidades y las exigencias de las estructuras políticas y sociales de cada sociedad y de sus valores culturales y que, por consiguiente, lo que conviene a uno puede no convenir a otro.La necesidad de adoptar un enfoque diferenciado está siendo reconocida hace tiempo, como lo atestigua el éxito de la experiencia de desarrollo de Asia Oriental (a pesar de las tormentas financieras de 1997). Además, es inquietante comprobar que, en muchos países que han aplicado las reglas de la ortodoxia dominante en los últimos quince o veinte años, se están ahondando las diferencias en las rentas y, a veces, se agrava la pobreza y aumenta el desempleo. Es cierto que fenómenos similares se observan en países que han rechazado la ortodoxia, pero que han participado en el proceso de globalización, como el caso de China. Así, aunque las relaciones de causalidad no estén claras, la asociación entre globalización y ortodoxia económica, de una parte, y acentuación de los problemas de desigualdad y pobreza, de otra, es causa de grave preocupación.Si una de las prioridades consiste en "reinsertar en la sociedad a los millones de desheredados que se encuentran marginados y hacer de la política cultural, asimismo marginada, una de las principales directrices de los gobiernos" (según La culture au coeur, Consejo de Europa, Estrasburgo,1996,pág.9), combinar ambos objetivos, adaptando los modelos de desarrollo según las necesidades, las instituciones, la historia y la cultura de las distintas sociedades, será una necesidad absoluta.
El margen de maniobra es estrecho, pero no tanto como puede parecer a primera vista. Abarca las instituciones, los hábitos de consumo, la propiedad de la tierra, el acceso a los mercados, los sistemas de distribución, la democracia económica, etc. La internacionalización y la globalización crecientes serán fuente de diversidad, al menos tanto como de uniformidad.






