discos tormento
En construccion

Políticas Culturales, definiciones elementales

| | |

FOMECU transcribe un fragmento del libro Políticas culturales y educativas del Estado Mexicano

Editado por el Centro de Estudios Internacionales con el apoyo del Departamento de Publicaciones de El Colegio de México en el 2003

El autor, Bernardo Mabire es egresado de El Colegio de México con maestría en Gobierno en la Universidad de Harvard y es experto en políticas culturales en México.

Él fragmento que presentamos a continuación habla sobre las definiciones de política cultural a diferencia del orden político o del simple suceso.

Son políticas culturales las que exaltan y dan a conocer, entre su propia población y en el exterior, el patrimonio de creaciones y sensibilidades de una comunidad, básicamente por conducto de los medios de difusión, no sin antes patrocinar su estudio o incluso contribuir directamente a reproducir el legado para asegurar su permanencia; como éste suele ser una de las bases del orgullo de pertenecer a la nación, divulgarlo es una manera de avivar el patriotismo.1

La riqueza cultural (que abarca, en rigor, todas las artes y el grueso de las formas de conocimiento y expresión estética e intelectual que distinguen a un país y le merecen el reconocimiento de otros) no es, sin embargo, equivalente a la conciencia nacional ni basta por si misma para apuntalarla; lo anterior es mas obvio en países con historias problemáticas, donde profundos conflictos internos, derivados de grandes diferencias sociales y culturales, frenaron durante siglos la consolidación de un ente público, y por eso el Estado, que precedió a la nación, tomo en sus manos la tare a de moldearla.2 Empero, el objetivo a largo plazo de utilizar instrumentos de difusión para influir en la psique colectiva ciertamente es el de reforzar, cuando no crear, dos ingredientes indispensables para la vida de una sociedad: la imagen del país3 (en la mente de sus habitantes y frente al resto del mundo) y el sentimiento de identidad nacional al que sirve la primera como marco de referencia. Inventarlos no ha sido empresa fácil en México, al que fragmentó su propia historia, por lo cual el avance en ese camino es medida de progreso en la integración nacional.4

Sin menoscabo de la importancia inherente a las políticas culturales, un riesgo de escribir sobre las que desplegó el Estado mexicano –quizá no tan numerosas como las que escatimó- en el periodo de 1970 a mediados de los años noventa es el de producir un trabajo demasiado ligero por el rápido agotamiento de su tema de estudio, que a duras penas sobrevivió en ese lapso, aunque el mito que edificó la práctica oficial en la materia subsanara las flaquezas tangibles; sin embargo, la pobreza del objeto analizado encierra interés en sí misma, y no faltan substitutos ni paliativos dignos de atención. Es probable que, por considerarse el tema secundario (y lo ha sido en realidad, porque la acción de los gobiernos quedó siempre par debajo de las intenciones declaradas en el terreno cultural), el análisis respectivo atraiga a pocos lectores. Finalmente, el carácter un tanto nebuloso de las políticas que me ocupan (atribuible a la diversidad de sus herramientas y de sus ámbitos de acción), aunado a la imposibilidad de medir con exactitud sus efectos (pues no se dispone de indicadores comparables con la tasa de crecimiento del producto per capita, por ejemplo, que permite juzgar la eficacia de las estrategias económicas), hará inevitables las generalizaciones, anécdotas y reseñas de impresiones completamente subjetivas, por las que ofrezco, de antemano, una disculpa entrelazada con la esperanza de que no sean inútiles para el intento de explicación.

IMPORTANCIA DE LAS POLÍTICAS CULTURALES DEL GOBIERNO

En una vena mas optimista, valga proponer, por analogía con las ciencias naturales, que cualquier acción de un sistema de gobierno revela su temperamento y expone sus relaciones simbióticas con la sociedad en la que está arraigado. Las políticas culturales públicas, pese a que no tienen límites bien definidos por las razones mencionadas, deberían entonces ilustrar cambios en las instituciones del país en el curso de treinta años. Más aún, a la luz del precedente histórico, en México esas políticas del Estado, supuestamente absorto durante decenios en consolidar la nación, pese a que fueron esporádicas se convirtieron en fuente de legitimidad. Pero como esta nunca fue absoluta, en parte porque la acción de los mandatarios del siglo XX tuvo graves deficiencias, y porque persistió la oposición de grupos que por principio rechazaban la tesis misma de un Estado constructor y propugnaban la idea de una nación capaz de consolidarse con su hipotética energía propia, es útil estudiar las políticas culturales de los gobiernos en cuanto han sido "prueba de fuego" de los linderos fluctuantes de la intervención estatal en varias esferas de la vida mexicana.

Sigue abierta la polémica sobre cuáles son las fronteras óptimas entre el espacio público y el privado, y no se extinguirá pronto el debate, ya que hay verdad tanto en señalar que la injerencia del Estado en el plano económico, el cultural y otros estuvo asociada con la perpetuación de algunos rasgos opresivos del sistema político, cuanto en advertir que la acción estatal combatió otras opresiones incrustadas en arcaicas relaciones sociales, que habrán tenido consecuencias destructivas si la autoridad gubernamental las hubiera dejado seguir libremente su curso. Puesto que la paradoja medular del país se resume en que la organización política que lo salvo de desintegrarse era la misma que inhibía su pleno florecimiento, el dilema concomitante del Estado fue el de optar entre dos vías: proseguir labores constructivas (que desempeñó por largo tiempo, pero con vaivenes, y en general sin alcanzar propósitos más ambiciosos que las acciones desplegadas) o limitar su papel para reconocer el de otras fuerzas sociales y el de legados históricos aparentemente fuera de control. En la segunda mitad del siglo XX fue más común que los gobiernos eligieran lo primero, no sin dificultad para establecer la diferencia entre guiar y controlar, porque, a la vez que era necesario inducir la uniformidad indispensables5 para el desarrollo económico, parecía justo el intento de reconciliar impulsos de homogeneización cultural con el respeto por la diversidad de los grupos constitutivos del país.

En todo caso, la definición de México que formularon sus gobernantes fue el corazón de los proyectos nacionales que concibieron, y moldear una imagen de nación acorde con ellos permitió a las elites dirigentes anticipar giros de su actuación o, las mas de las veces, justificar los ya ocurridos por causas que las rebasaron. De ahí que las políticas culturales sean maquinaria privilegiada para discernir una voluntad de cambio selectiva de la clase gobernante en los últimos treinta años, que insistió en mantener inalterados algunos rasgos de la organización política y social para facilitar la transformación de otros. Además, el estudio de la forma en que se adoptaron esas políticas y se llevaron a la practica equivale a trazar un bosquejo del funcionamiento de las instituciones publicas y de las relaciones de poder que entablaron estas entre sí y con varios grupos fuera del sistema. El ultimo punto, el de los vínculos entre Estado y sociedad, es un buen indicador de evolución política -o de inmovilidad- al paso del tiempo. Mas aun, dado que la opulencia o la miseria de las políticas culturales depende, en parte, de los recursos disponibles para financiarlas, es razonable inferir de su estudio algún recuento esquemático de historia. de la economía. Finalmente, como los intentos par trazar un retrato del país y una identidad nacional conllevan una toma de posición frente a la comunidad internacional, el examen de las políticas relativas a la cultura puede servir, de paso, para delinear el contexto mundial en el que ha vivido México y para medir el alcance de sus acciones, que ha dependido tanto del cúmulo de recursos locales cuanto de la ayuda externa, pero también de las barreras que impusieron otros países.

Entre las políticas culturales del Estado mexicano o sus remedos, podrían citarse el uso tímido, cuando ha sido directo, de los medios de difusión (radio, televisión, periódicos y, en mucho menor medida, libros); algunos programas especiales con efectos no deleznables, par ejemplo, los de patrocinio a ciertas formas de creación artística (siempre tachados de arbitrarios e interesados) y los de subvenciones a grupos indígenas; las principales medidas de apoyo a la educación superior y a la investigación científica, por momentos apenas discernibles en un ambiente de crisis económica que dura ya un cuarto de siglo; y, con cierta piedad, la diplomacia, en reconocimiento de algunas declaraciones llamativas que por instantes parecieron alterar el rostro del país. En cualquiera de estos rubros, se distinguen decisiones de gobierno (plasmadas en la publicación de materia1es didácticos, las asignaciones de presupuesto, la suscripción de acuerdos y otros actos de los cuales ha quedado testimonio) que denotan una combinación paradójica de innovación y continuidad.

Por otra parte, cada elemento de estudio es adecuado para analizar aspectos particulares de la política y la sociedad en México. Sobraría recalcar la trascendencia de los medias de comunicación, que propagan visiones destinadas al consumo de la mayoría de los mexicanos, ya sea para completar el papel de la educación formal o para substituirla. En lo que se refiere a la televisión, cuando los gobiernos han tenido el ánimo de utilizarla directamente (pero ha sido mas usual la complicidad con los inexpugnables grupos empresariales que controlan las difusoras privadas), frecuentemente han vacilado ante la disyuntiva de "crear alternativas culturales" o hacer concesiones a los gustos del publico forjados por intereses comerciales, tras lo cual se perfila el dilema entre estatismo y libre mercado, así como la contradicción entre resabios de un ideario antiyanqui y la disposición en aumento del Estado a rendirse ante la influencia que ejerce la cultura de masas estadounidense entre la población mexicana. Además, si fuera posible apreciar variaciones en el control del gobierno sobre los medios de difusión y la prensa, se tendrían bases para una medición aproximativa del autoritarismo oficial, equiparable al de la sociedad por la necesaria correspondencia entre gobierno y pueblo.

El análisis de subsidios a la creación artística y literaria arrojaría algunas conc1usiones adicionales respecto a la política, en vista de que las inc1inaciones estéticas no son ideológicamente neutras. Mas significativa aun podría ser la actitud de los gobiernos frente a los grupos indígenas, que ocupan el lugar central en la mala conciencia de los mexicanos, por que encarnan la marginación y evocan el dilema entre homogeneidad o diversidad cultural. A su vez, el respaldo a la educación superior y a la investigación científica tal vez pudiera revelar preferencias cambiantes de los gobiernos por áreas particulares del saber, en función de necesidades de algún proyecto económico al que estarían aparejadas creencias ideológicas. En este campo se observan, además, fluctuaciones en el vinculo entre el Estado y las comunidades de estudiantes e investigadores, por tradición contestatarias ruidosas del orden establecido. Finalmente, el interés por la política exterior reside en que esta fue el ultimo reducto de supuestas nostalgias revolucionarias del sistema político, lo que dio lugar a interesantes conflictos entre secretarias, aparte de que las "alianzas internacionales" en materia cultural de gobiernos sucesivos (a menudo solo implícitas, no siempre reales) han proclamado afinidades y compromisos ideológicos, pero sus logros escuálidos son un recordatorio del verdadero peso del país en el ámbito mundial, a la larga insuficiente para insistir en la afirmación de una identidad singular, contrapuesta a la del pudiente vecino del norte.

Si la curiosidad por los temas anteriores se disipara al descubrir limitaciones de la acción gubernamental, quedaría en pie el mejor de los indicadores, es decir las políticas para la educación primaria, cuyos programas son instrumento privilegiado para diseminar normas y valores que el Estado desea reproducir entre las generaciones jóvenes.6 El contenido de los libros de texto gratuitos, en particular, es el resumen, perfecto de la ideología oficial con los matices que le imprimieron los dos presidentes más proc1ives a pregonar el cambio, haya sido esto profundo o no en intención y efectos. El catecismo cívico de los manuales refleja, en particular, las contradicciones de un reformismo parcial, mucho mas dispuesto a transformar la política económica y la política exterior que a modificar las relaciones entre c1ases sociales o aquellos mecanismos de control político interno que no sucumbieron sino a fines del siglo xx (sin perjuicio de que su fantasma siga perturbando la política en el futuro próximo), quizá mas por el anhe1o de un presidente de pasar a la historia como padre de la democracia que por efecto de presiones sociales incapaces de articularse genuinamente por el conducto institucional de un partido de oposición. Por eso merecen interés las dos gran des reformas de los libros de texto "únicos" y gratuitos, en 1974 y 1992, detonadoras de dos encarnizados debates que ayudan a evaluar mutaciones en las alianzas del Estado con grupos opositores, así como a detectar innovaciones o permanencia de las estrategias de aquel para negociar con estos, según el postulado de que cada reforma educativa condenso la convicción personal de los presidentes respectivos y puso a prueba el poder del sistema político en conjunto pero antes de entrar en materia, se impone un repaso histórico.

EL ESTADO REVOLUCIONARIO, CONSTRUCTOR Y EDUCADOR

Gracias a que en 1929 se forma el partido de gobierno, cuyo primer nombre fue el de Partido Nacional Revolucionario, magistral creación de Plutarco Elías Calles para poner fin a las sangrientas pugnas entre caudillos y asegurar la institucionalización de la política, fue posib1e a partir de los años treinta que en el México surgido de la Revolución el Estado asumiera la empresa de construcción nacional, en la que tendría prioridad estimular un sentimiento nacionalista con las connotaciones que le imprimiera el Estado mismo, a manera de esculpir un país al que rigieran normas nuevas para sanar sus desgarramientos; mas allá de posturas ideológicas, sería difícil negar la idoneidad de esa tarea en un territorio aquejado de carencias centenarias, a las que se añadían padecimientos por la destrucción que provoco la fase más violenta de la lucha revolucionaria. El nacionalismo iba a cultivarse con la difusión de conocimientos básicos del patrimonio común Y una interpretación del pasado compartido que pudiera encender consenso, sobre la base del cual se buscarían objetivos comunes para erradicar los antagonismos devastadores de otros tiempos. No era simple la misión, porque tenia un adversario en la indigencia del pueblo, sometido a sistemas de dominación política y social que, por siglos, lo desmovilizaron hasta el punto de infundirle una pasividad tan arraigada que parecía inmanente. Otro factor adverso era la coerción del exterior, en particular la de Estados Unidos, que durante la Revolución tuvo presencia militar en México e intervino para alterar el curso de la pugna entre facciones. Ni que decir de la influencia cultural de este vecino peligroso para nuestro país recién nacido del levantamiento armado, llamada a crecer en el siglo XX -sobre todo en la segunda mitad, cuando aquella nación se consagro como superpotencia luego de triunfar en la Segunda Guerra Mundial- hasta convertirse en obstáculo para los empeños nacionalistas de los gobiernos innovadores de México.

Al igual que otras revoluciones, la mexicana se propuso entonces, cuando paso de su etapa de lucha a la de consolidación institucional, el objetivo de dar forma al alma colectiva que todavía no cuajaba (y exhibía las lesiones que le infligió la experiencia de opresión), para modelar así un nuevo tipo de hombre en armonía con los impulsos transformadores del Estado constructor, afán que en los años treinta no era, por cierto, una singularidad mexicana. EI ideal tal vez pecara de ambicioso, mas no parecía imposible conseguirlo cuando cristalizo con el esfuerzo de figuras tan carismáticas como José Vasconcelos, secretario de Instrucción Publica de Álvaro Obregón7, quien reforzó el mito del mestizaje como fundamento de la mexicanidad -crisol de una raza nueva en la que se fundían todas las razas- y distribuyo las obras clásicas universales en ediciones baratas. La esperanza ilumino la época de movilización social intensiva bajo la dirección del Estado, con su apogeo en el gobierno de Lázaro Cárdenas, creador por igual de organizaciones obreras y empresariales en su papel de artífice de un país que empezaba a sonar con la industrialización. Se había apagado ya la guerra cristera, cuyo legado fue un acuerdo informal pero inequívoco para que la Iglesia católica aceptara reglas de convivencia con el sistema político, en el entendido de que el Estado seria laico. Esto quito un freno a la labor educativa publica, que se consolido en 1960 con la edición de los primeros libros de texto gratuitos y obligatorios. Seguiría latente, sin embargo, una rivalidad entre el Estado y la Iglesia, porque el impulso formativo que tuvo el primero a lo largo de varios decenios entraba en conflicto inevitable con una añeja vocación de la segunda por una labor análoga. En otras palabras, era ineludible la tensión entre dos agentes que competían por forjar la conciencia nacional, y el conflicto saldría a flote a medida que se erosionara la preponderancia del sistema político.