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Zedillo y la debacle del nuevo régimen

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FOMECU transcribe un fragmento del libro Políticas culturales y educativas del Estado Mexicano

Editado por el Centro de Estudios Internacionales con el apoyo del Departamento de Publicaciones de El Colegio de México en el 2003

El autor, Bernardo Mabire es egresado de El Colegio de México con maestría en Gobierno en la Universidad de Harvard y es experto en políticas culturales en México.

Él fragmento que presentamos a continuación habla sobre las políticas culturales aplicadas en el gobierno de Ernesto Zedillo, continuación del régimen como parte del seguimiento de una "modernización".

No se remedió la insuficiencia de las políticas culturales en tiempos de Zedillo, quien subió al poder por accidente y sin desearlo después del misterioso asesinato del candidato original del PRI a la presidencia, Luis Donaldo Colosio. EI nuevo gobernante, depositario del empeño modernizador de Salinas ~ heredero también de la crisis acostumbrada, mantuvo como objetivo elemental-porque rara vez lució ideas originales- el de vender al exterior la quimera de un país confiable y comprometido con políticas económicas ortodoxas, pensadas para recapturar flujos de inversión foránea. Debido a la perenne estrechez de recursos y, en mayor grado, a su programa personal de austeridad, tampoco Zedillo juzgó prioritaria la cultura ni desplegó algún proyecto formal en la materia.

En el sexenio, la única decisión que presagiaba repercusiones importantes -no necesariamente favorables- en el estilo de educar a la población fue la de firmar los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, cuya exigencia de derechos especiales para los pueblos indígenas contraviene la doctrina de plena igualdad legal de todos los mexicanos, que por decenios rigió la actuación del sistema priísta. El gobierno tal vez haya suscrito el documento con un propósito exc1usivamente simbólico, el de indicar una actitud receptiva a las demandas de los sublevados en Chiapas, en el entendido de que los Acuerdos mismos tenían un valor estrictamente alegórico, dada la muy cuestionable representatividad de los comandantes Tacho o Ramona. Las autoridades no han cumplido el pacto hasta hoy, en parte por escasez de recursos que pudieran satisfacer solicitudes extravagantes, tales como realizar "peritajes antropológicos" en todos los juicios contra indígenas y dotar a cada pueblo indio de medios de comunicación propios. Empero, la razón primaria para no aplicar los Acuerdos ha de ser que lesionarían el orden legal vigente.

Si en la práctica se garantizara a las comunidades étnicas el ejercicio real de autonomía, el país se fraccionaria en incontables demarcaciones político-administrativas, donde quedaría encerrada parte de la población en condiciones próximas a las de reservas de nativos, a costa de la plena movilidad que requiere la modernización económica. Por debajo de su bondad aparente para grupos minoritarios, este arreglo conlleva un peligro de perpetuación de diferencias culturales, aunadas a disparidades sociales que se volverían insuperables al solidificarse con la naturaleza racial que se 1es atribuyera. En los Acuerdos hay en el fondo una tensión insuperable entre dos demandas al Estado, la de respetar la autonomía y los hábitos de los indios, y la de organizarlos y movilizarlos, así como es contradictoria la petición de que la autoridad fortalezca políticas que sean inc1uyentes pero a la vez prescindan de sus antiguos propósitos de homogeneización y asimilación de las etnias a las corrientes dominantes del mestizaje.1

La falsa generosidad de esa propuesta demagógica no disculpa insuficiencias del gobierno. Continúa el vacío en materia cultural, que sin embargo se ha vuelto "lógico" en los últimos dos sexenios, ya que los fines de modelar una identidad colectiva e imprimir vitalidad en la cultura nacional eran congruentes con la oferta del Estado intervencionista e impulsor del desarrollo económico, descartada en los últimos decenios del siglo xx para dejar libre curso a las fuerzas del mercado, aunque solo en principio, pues la clase política siguió tomando todas las iniciativas trascendentes para contrarrestar 1o endeble de una sociedad todavía mal organizada, donde no existían partidos políticos firmes ni empresarios dispuestos a construir un sólido aparato productivo.

A manera de paliar la pobreza de las políticas culturales y la discreción de la política exterior, cuya timidez fue mermando la eficacia que tuvo en otra época para dar forma a la imagen del país, en el periodo de Zedillo sobrevivió el artefacto de la educación básica sin mas penas ni glorias que las habituales, con avances de la descentralización y un declive probable en la calidad de la enseñanza, oculto tras recatadas estadísticas de mayor escolaridad. En cambio, pareció aumentar el desden del sistema político

ante la educación publica superior.2 Animado por la sorprendente facilidad con que pudo "reglamentar" en la UNAM el pase automático, empresa en la que fracaso su antecesor Carpizo, el rector Francisco Barnes quiso ir mas lejos y presento un plan para cobrar cuotas moderadas a quienes desearan pagarlas. Con este pretexto se desencadenaron disgustos reprimidos, que desataron a su vez fuerzas políticas nacionales en el contexto de la competencia por la sucesión presidencial. Durante una huelga injustificable que duro meses, la UNAM sufrió descomunales perdidas económicas y una incalculable merma adicional en su prestigio. Las autoridades federal y citadina se lavaron las manos, y Barnes renuncio a su cargo. Podría deberse a la irracional exaltación de la empresa privada el marcado desprecio del gobierno por las universidades publicas, que ha mandado la hipócrita solución compensatoria de multiplicar las becas oficiales para costear estudios superiores en universidades privadas a estudiantes con aptitudes excepcionales.

Cualquier intento par evaluar la suerte de la vida cultural en los años de Zedillo ha de centrarse en el CONACULTA, que rindió frutos visibles en ese periodo y a fines de 1998 contaba ya can cerca de 3 700 empleados, un tercio de ellos en la Dirección General de Bibliotecas. Sería injusto subestimar la importancia del organismo que "coordina" el trabajo de prácticamente todas las instituciones federales encargadas de la infraestructura cultural del país (inc1uidos museos, centros de "educación especial", medios de comunicación y programas de "apoyo ala creación"), aparte de colaborar con gobiernos de estados y municipios, organizaciones privadas, grupos sociales e individuos destacados. El imperio del CONACULTA abarca hoy el Canal 22, Radio Educación, la Cineteca Nacional, e1 Centro de Capacitación Cinematográfica, la Dirección General de Culturas Populares, el Fondo Nacional para 1a Cultura y las Artes, el Festival Internacional Cervantino y mucho mas. Esta amplitud corresponde a una gran variedad de faenas, que van desde la edición mas IVA de libros (can prioridad para títulos destinados a los niños) y las presentaciones de teatro (muchas de ellas también dedicadas al publico infantil) hasta la protección y 1a restauración de sitios arqueo1ógicos (coronada con frecuentes negociaciones ante la UNESCO, instrumento cultural de la ONU, para que los declare patrimonio de la humanidad), pasando por los endémicos homenajes a figuras consagradas de nuestro medio cultural, vivas, muertas y semivivas.

La profusión de tareas, objeto de publicidad intensa para que se noten mas, va de la mana con el gusto por cifras espectaculares. Según los informes del CONACULTA,3 las consultas en todas las bibliotecas publicas de México aumentaron de 77 millones y medio en 1996 a 79 270 000 en 1998, de las cuales 78% corresponden a niños y jóvenes en edad escolar. A lo largo de 1996, prestigiados actores realizaron 500 lecturas en voz alta par plazas y parques de todo el país, y en 1997 ascendieron a 1932 los espectáculos infantiles que deleitaron a 504 000 niños. La filmación de películas con patrocinio del Instituto Mexicano de Cinematografía paso de siete en 1996 a 16 en 1998, alguna cinta recibió un premio en el Festival de Amiens, especializado en celebrar el cine marginal, y sobró ánimo para producir 219 anuncios comerciales en los Estudios Churubusco. Por si fuera poco, se logro incorporar al catalogo de bienes patrimoniales 888 inmuebles de valor artístico tan solo en 1997.

¿Qué motivo habría entonces para renegar del CONACULTA? Los críticos persuadidos le reprochan su origen mismo y la yuxtaposición a organizaciones previas; es plausible que se dupliquen funciones, y a no dudar persisten rivalidades entre burocracias. Se dice que la nueva maquinaria no ha descentralizado bastante sus servicios, a pesar del auge de las bibliotecas en los municipios, porque varias de sus acciones benefician principalmente a la ciudad de México; es verdad, pero en descargo del CONACULTA cabe citar un obstáculo enorme para mejorar la difusión cultural en la provincia: que esta misión es prerrogativa de los gobernadores, a menudo faltos de luces. Un motivo más de agravio, seguramente el peor, porque lo nutre la envidia, ha resultado del Sistema Nacional de Creadores, cuyas generosas becas para poco mas de 300 ilustres miembros (la sexta parte "eméritos", es decir vitalicios), otorgadas con base en criterios necesariamente subjetivos (porque juzgar la calidad de un "creador" es por definición controvertible), le han valido acusaciones de "amiguismo" y coopción de intelectuales en las redes del Estado; por respuesta, el CONACULTA exhibe 453 libros y 500 exposiciones individuales de los elegidos y aduce que las becas aportan independencia a sus beneficiarios, lejos de someterlos, dado que reconocen su genio sin reparar en atuendos ideológicos. Otro reproche, emparentado con el precedente, es el de sesgos que favorecen, por ejemplo, la pintura abstracta sobre los vestigios de la escuela muralista. Condensa todas las críticas la relativa al elitismo de un órgano que satisface en alto grado las necesidades de educación y esparcimiento de grupos cultos de suyo en las ciudades mas prosperas.

No podría ser distinto, porque se ha vuelto tradición que los medios culturales del Estado mexicano, reacios a competir con las ofertas populares de la televisión, opten por concentrarse en públicos selectos. Así pues, el CONACULTA convence a la prima donna del mundo de venir a cantar en Bellas Artes, donde un buen boleto cuesta el doble de 10 que se pagaría en Nueva York, y edita primorosos libros de cuentos infantiles a precios subsidiados muy accesibles para las c1ases medias, mas no para las bajas, mayoritarias en el país. Con todo y que 60 000 actividades artísticas y culturales beneficiaron a 36 millones de mexicanos en 1999, estos son un porcentaje bajo de la población total, opinaría un pesimista; la replica obligada sostendrá que es preferible cubrir esa fracción de habitantes en lugar de descuidarlos.

Por otra parte, el CONACULTA si muestra esporádicamente la huella de inc1inaciones populares que solían ser distintivas del sistema político, por ejemplo, al organizar "talleres de expresión artística para 6 500 niños con padecimientos crónicos o enfermedades terminales, así como otros "de narración y actividades lúdicas" en los que 300 victimas del huracán Mitch pudieron "expresar y reelaborar las experiencias vividas". Además, el programa "Por la calle de la aventura" hace participar en labores artísticas a niños y jóvenes de la ciudad de México que sobreviven en la vía publica. De nueva cuenta, ¿seria razonable preferir que no existiera un apoyo como este, mientras haya pobreza?