"El jazzista mexicano: una especie en peligro de extinción"
¿En dónde están nuestros grandes músicos?
Cuando hacemos un repaso de la escena jazzística en México, nos damos cuenta que los baluartes del género están perdidos. Las oportunidades para tocar buen jazz cada vez son menores; desde hace varias décadas quedaron atrás, por ejemplo, los hoteles que presentaban grandes ensambles de jazz en sus lobbys, que ofrecían trabajos estables, bien pagados y que, en su momento, sirvieron para fomentar una cultura del jazz, principalmente en la ciudad de México. La actualidad del músico de jazz se encuentra en crisis permanente, la consecuencia de esto es que, salvo heroicas excepciones, los grandes músicos emigran a la música popular, se convierten en arreglistas, directores musicales o acompañantes de cotizados artistas pop, alejándose así del jazz y posponiendo la consolidación del movimiento.
Ahora, tratando de aislar el problema de la difusión del jazz en México, inevitablemente llegaremos al meollo: ¿Por qué tenemos tan pocos ejecutantes y compositores dedicados completamente al jazz? ¿Por qué muchos de nuestros jazzistas ejercen de lunes a miércoles y a partir del jueves tienen que dirigir sus talentos hacia el hueso?
Si de por sí se tacha de loco a quien decide consagrar su vida a la música, es necesario decir que ser jazzista –y debido a las condiciones a las que históricamente se han enfrentado esta clase de músicos en México– va contra cualquier razonamiento que pretenda darle lógica a semejante decisión. Y es que la elección de ser jazzista difícilmente pasa por un análisis profundo de las oportunidades profesionales que encontrará el músico de jazz en nuestro país; se trata más bien de una obediencia a lo que el corazón y los sentidos exigen; se trata de ser fiel a la naturaleza musical que el jazzista posee, la cual explota y se desarrolla irremediablemente cuando conoce a los de su especie.
Vayamos por partes, ¿a quién me estoy refiriendo cuando uso el término “músico de jazz”? Me refiero a los músicos que han decidido vivir con el jazz de tiempo completo. Músicos que hacen verdaderos milagros para poderse mantener tocando únicamente la música que los mueve y los apasiona de verdad; eso implica multiplicar los esfuerzos y las horas de trabajo que tiene un músico “normal” para poderse generar los ingresos que les permitan tener un nivel de vida digno. Artistas en el sentido más idealista de la palabra, cuya única variante a su trabajo, por encima del escenario jazzístico, viene a ser la enseñanza, la transmisión desinteresada de sus conceptos musicales a las nuevas generaciones con el propósito principal de mantener vivo el espíritu del jazz.
No me refiero, definitivamente, a los músicos que usan el género como el pasatiempo de sus ratos libres, solamente para demostrar que son músicos de verdad y darle de esta forma un estatus un poco más elevado a su condición de ejecutantes. Vale decir en este punto que, ante el público común y bajo la complicidad de una supuesta “improvisación”, cualquier músico con un buen nivel de habilidad en su instrumento puede pasar como jazzista por el simple hecho de subirse al escenario a hacer pirotecnia musical sobre una base propia de este estilo; recurso vacío y efectista que se vuelve predecible a los pocos minutos y que contrasta de inmediato ante la sensibilidad, el manejo coherente del lenguaje y los recursos complejos que un auténtico jazzista posee.
¿Cuál es la realidad de nuestros músicos de jazz? Las condiciones a las que se enfrentan estos músicos son muy duras. Primero tendríamos que hablar de los pocos espacios donde se abren las puertas para este tipo de música, los cuales no son los óptimos para su debida apreciación: restaurantes, galerías de arte, bares; sitios en donde se pretende “amenizar” la actividad principal con un poco de jazz que proporcione una atmósfera “fina” al lugar; normalmente en esta clase de sitios se hostiga permanentemente al músico con el nivel de volumen, siempre se está tocando a un volumen lo suficientemente ruidoso como para pedirle que le baje a su instrumento... aunque éste sea un piano acústico. ¿Los sueldos? Cien, doscientos, trescientos pesos por una noche. A veces el dueño del lugar cree que es suficiente con servirle la cena al músico y “brindarle la oportunidad” de tocar jazz en su local.
Tristemente, se debe decir que podríamos contar con los dedos de las manos los sitios que se dedican exclusivamente a la presentación de jazz en vivo en las tres ciudades más grandes de nuestro país: México, Guadalajara y Monterrey.
Otro punto clave es el nulo interés de las compañías disqueras grandes, las trasnacionales, por editar material de jazzistas mexicanos. Las producciones independientes que nuestros músicos de jazz generan, desafortunadamente, se pierden en el anonimato que significa la distribución independiente. No es suficiente con vender los discos en el bar en el que se toca; no alcanza con hacer convenios con una tienda de discos para tener cinco copias perdidas en algún estante del almacén; tampoco basta con tocar estos discos a las 3:00 am del martes en un programa de radio AM. El jazz necesita más, merece mucho más.
Por todo esto, resulta importante que todas las personas que tengan el más mínimo interés hacia la música alternativa, especialmente hacia el jazz, apoyen este movimiento asistiendo a los conciertos y a los festivales que de este género se realizan año con año, informándose sobre el movimiento (y aquí entra la esencial participación de todo tipo de medios de comunicación, cuya promoción del género puede significar vida nueva), adquiriendo los discos que con tanto esfuerzo producen los propios músicos y, sobre todo, dándole el sitio que el músico de jazz merece a lado de nuestros demás artistas; porque si el arte en general está en crisis, el jazz en particular está hundido entre el desinterés de la industria musical, el desdén del medio artístico y la indiferencia del público en general. Solo con la participación de todos los que amamos la música será posible darle un lugar digno a este género que tan brillantes talentos le ha dado a la música mexicana.











